
Para muchas de nuestras actividades, se nos viene siempre la idea de una estructura, ya sea de juego, de diversión, de reunión, etc. Tal estructura del latín structūra, que nos orienta a una disposición y orden de las partes dentro de un todo, nos debiese generar garantías de que todo lo establecido ha de ser tal que cualquier nuevo actor, tendrá que ligar su comportamiento a ella.
Para el caso de un edificio, habrá un informe estructural que indique el material usado, su comportamiento frente al clima, a un evento sísmico, etc. Y como tal podrá ser evaluado en base a planos existentes o inspección ocular, sin existir grandes o notorias diferencias entre quien o quienes las materialicen. Asimismo, en un juego de ajedrez un gran maestro internacional, podrá iniciar su partida bajo un acierta estructura que le garantice una adecuada planificación y control frente a su adversario, estructura que por cierto varía en forma dinámica. Por su parte, un negocio tendrá una adecuada estructura de control sobre sus ventas, o sobre su mercado, a través de segmentación del mismo.
En un partido político, las estructuras están más bien formalizadas por medio de reglamentos, normas o estatutos que lo rigen y estandarizan, sobretodo si posee alcance nacional y su desagregación, regional, provincial y comunal. Siendo esta estructura familiarizada y entendida conocida por sus adherentes y militantes.; y es precisamente, en este tipo de estructura a la cual me deseo referir, a la estructura política.
En Chile, una vez vuelto a inscribirse los partidos políticos para las elecciones de continuidad o retiro del dictador Pinochet en octubre de 1998, los partidos políticos chilenos vieron la necesidad de contar con una reinscripción de su militancia e incluso la formación de un partido totalmente instrumental para tales efectos, como lo fue el Partido por la Democracia (PPD). Era el retorno del sistema de partidos políticos en la cultura chilena, tras el golpe de Estado de 1973.
Su retorno y su nueva articulación para votar reformas y luego elegir presidente de la República en 1989, generó una nueva forma de ver a los partidos políticos, tras un sistema binominal de elecciones para autoridades al Congreso, tanto de Diputados, como de Senadores. Cuya máxima es que para obtener 2 elegidos, estos debiesen doblar en porcentaje a su contendor de lista, siendo casi nula esta posibilidad y gestando un sistema de uno a uno, gobierno/oposición, salvo contadas excepciones (a modo de ejemplo, el Senador ex PS Alejandro Navarro y el DC Hosain Sabag en la VII región norte). Esta estructura, atenta contra la representación que la ciudadanía ejerce, ya que han existido votaciones que sale electo el primer y tercer más votado, o incluso sólo un candidato por cada lista, donde su elección es solo esperar el termino del día de votación, para saber solamente quien tuvo un voto más que el otro.
Ciertamente, que toda institución y sobretodo un sistema de democracia puede ser perfectible, pero dónde está la voluntad, quién pierde… ambas preguntas que desde el presidente Patricio Aylwin (1990-94), han estado latentes en nuestra discusión y en las propuestas programáticas de los candidatos/as presidenciales.
Este mismo problema, también se ve a nivel local con la elección de los concejales que asistiendo en listas cerradas, opera el modelo de cifra repartidora (D´Hondt), que genera una representación ajena a la voluntad soberana, ya que puede darse el caso que donde se escojan 10 concejales 7 ó 8 pueden ser de una misma lista más votada, por sobre uno o dos individuales de otras.
Este tipo de imperfecciones en la estructura de elecciones en Chile, genera una representación desviada de la voluntad soberana, y puede poner en riesgo su fortalecimiento al desincentivar la participación en las elecciones.
Para algunos defensores del sistema binominal, lo sitúan como la mejor forma de estabilidad al lograr 2 grandes bloques, que para el caso chileno ha sido la Concertación y lo que es hoy la Coalición por el cambio (antes Alianza), impidiendo la entrada de terceros actores, salvo por acuerdos estrictamente político electorales, como los realizados entre la Concertación y el Partido Comunista, que posibilitó el ingreso de 3 actores de sus filas a la Cámara de Diputados en marzo de este año, no siendo parte de estos 2 grandes bloques.
A mi entender y bajo el argumento de haber sido candidato a concejal por Santiago, el interés de la gente que tiene decidido votar, es importante no “perder” su voto dando un “valor” a tal acto cívico, por lo que esta percepción al ser masificada daría una respuesta coherente: en ambos sistemas pierde “valor” mi voto. Asunto no menos importante a la hora de decir que una democracia y en cierto grado su gobernabilidad esta fortalecida.
En momentos de nuestra historia reciente, escuchamos la frase “hay que dejar que las instituciones funcionen”, pero que sucede si se gesta desconfianza en ellas, porque no se sienten representados, o porque se legisla en contra de las mayorías, o estas “mayorías parlamentarias” no saben representar bien a sus electores. Ciertamente no se sabe, aunque sí podríamos pensar en regímenes populistas que dañan aún más la democracia y la exponen con posterioridad a levantamientos y dictaduras.
Lo expuesto, quizás no tenga mayor eco en las autoridades parlamentarias ya que al fin de cuentas son ellas “beneficiadas”, pero sí la sociedad civil y quienes creemos fuertemente en el rol de la democracia en el progreso de un eficiente Estado de Derecho, democracia, participación y gobernabilidad.


























